Estudio.

Escribir para comprender

Descripción

Aquí, en esta habitación, se instaló hace 18 años. Aquí se puso a escribir las primeras líneas de Ensayo sobre la ceguera, inaugurando así un periodo creativo fecundo, activo, sin huecos ni horas muertas, porque “el tiempo aprieta”, dejó dicho. Sobre la mesa de pino, humilde, con las patas mordidas por sus perros, Pepe, Greta y Camoens, cuando eran cachorros, se fueron sumando jornadas de trabajo. Los Cuadernos de Lanzarote dan cuenta de esa actividad, del esmero con que cuidaba la casa, contemplaba el paisaje, seguía a los ciegos de su novela que tanto pueden enseñar a las personas que, viendo, tal vez no vean lo que ocurre alrededor de ellas. Utilizó varios ordenadores a lo largo de sus años de Lanzarote pero sobre la mesa ha quedado el último que no era un portátil. En la estantería, sus diccionarios más usados; a un lado, sus discos preferidos: todo está en esta pequeña estancia que ha sido habitada por la fuerza de un hombre imbatible.

Frente a su lugar, sobre un mueble de madera mexicana, retratos de las personas que más amaba: los abuelos, los padres, la única hija, los nietos y la mujer. “Miraré tu sombra si no puedo mirarte a ti”, dice María Magdalena, y Jesucristo responde: “Entonces yo estaré donde esté mi sombra, si allí va a estar tu mirada”, palabras escritas en El Evangelio según Jesucristo.En una fotografía, Saramago, arrodillado en el suelo, pinta en papel la frase que llevaría su esposa cuando el Premio Nobel: “Miraré tu sombra si no puedo mirarte a ti”, dice María Magdalena, y Jesucristo responde: “Entonces yo estaré donde esté mi sombra, si allí va a estar tu mirada”, palabras escritas en El Evangelio según Jesucristo. En la pared, cuadros diversos, un dibujo de su abuelo Jerónimo abrazando un árbol, regalo de un profesor de Matemáticas de Madrid que se estaba quedando ciego. Y mirando este dibujo, Saramago entendió que el discurso del Nobel no podría empezar de otra manera: “El hombre más sabio que he conocido en mi vida no sabía leer ni escribir”. Una copia del diploma que acredita que José Saramago recibió el Premio Nobel de Literatura en 1998 (el original fue depositado en la Biblioteca Nacional de Portugal); una foto de las torres del convento de Mafra, que parecen volar; un retrato de Camoens cuando aún tenía los dos ojos; otro de Saramago realizado por su hija Violante; uno más de Pessoa, de Júlio Pomar; fotos de escritores admirados, como Kafka, Proust, Tolstoi, Joyce, Lorca; una passarola realizada por un artista rumano; un grabado escolar de Juan José, el hijo de Pilar; en fin, recuerdos varios que podrían resumir una vida larga y llena.

En la pared de la entrada (1), cuatro grabados de Millares, el artista canario, cuatro sentencias de la Inquisición que Millares pretendió que no se olvidaran porque demuestran la aberración de las leyes cuando se confunde lo civil y lo religioso. Sobre el estante, una colección de tinteros diversos, de cerámica o de plata, de distintas regiones portuguesas, y otra de plumas estilográficas y abridores de cartas. Contemplaba piedras, las acariciaba, las reconocía como si cada una fuera el origen del mundoTras la mesa, a la espalda de la silla que ocupó durante años, hasta que se fue a escribir a la biblioteca, libros de consulta frecuente. Junto a la ventana, una foto de Sebastião Salgado en Timanfaya, José y Pilar combatiendo el viento y un retrato de Almeida Garrett. Sobre la ventana, una técnica mixta de Eugenio Benet, y en la mesa, unas piedras recogidas en diversos lugares del mundo: Timor, Acteal, Chiapas, Machu-Picchu, Castril, Grecia, Lanzarote, el río Foa, Islandia… Porque Saramago descubrió en Lanzarote que había llegado el momento de describir no la estatua, sino la piedra de la que la estatua está hecha. Contemplaba piedras, las acariciaba, las reconocía como si cada una fuera el origen del mundo. En Lanzarote o por Lanzarote su escritura se transformó para llegar de otra manera a la conciencia de los lectores.

Sobre el mueble art decó (2) que hay junto a la ventana unas fotografías señalan el momento de la entrega del Premio Nobel. Además, un libro abierto por la página de inicio del discurso y otros recuerdos de Estocolmo colocados ahora para compartir con quienes visiten la casa. Otros nombres de pintores que han acompañado a Saramago en su estudio y en su vida: José Hernández, Lieuw Op’Land, Muniz, Pablo del Barco, David de Almeida. Y siempre la música: Mozart, Beethoven, Bach, Béla Bartók, Lopes-Graça… Y, cómo no, los libros, en cada rincón de la casa, en cada espacio de su lugar de trabajo.

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Response (1)

  1. Ana Reboledo
    30 enero, 2014 a 10:34 am · Responder

    Veo brillar en tu sillón la huella de tu espalda,la recorro como recorro con mi dedo tus letras esa la luz que me ilumina en cada libro.

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