Salón.

El mar "la mejor obra"

Descripción

Esta habitación que se abre al jardín y al mar era el lugar de descanso de Saramago. Está presidida por la puerta y la ventana que muestran el mar de la isla, “la mejor obra” decía tantas veces Saramago, recordando palabras similares de César Manrique. Las paredes contienen cuadros que tienen que ver con los libros que el escritor escribió. Ver retratados los personajes que el autor concibió no es un acto de narcisismo, es un acto de reconocimiento del otro.

Dirigiendo la mirada a la derecha (1) se contempla una obra del pintor portugués Santa-Bárbara, que corresponde a la serie que este artista realizó sobre Memorial del convento. La pintura muestra el momento en que el rey João V contempla los planos del que será el convento-palacio de Mafra, ante la mirada del obispo y del franciscano que urdió, según parece, la trama para que se construyera el monumento si la reina se quedaba embarazada. Testimonios de la época dejaron escrito que el franciscano, confesor de la reina, ya sabía que estaba en estado cuando le propuso al rey que hiciera la promesa de erigir un gran convento si finalmente conseguía la deseada descendencia… En la pintura se ve a la princesa María Bárbara, que luego sería reina de España, gateando indiferente a su destino, y al fondo, a la manera de Velázquez, cuatro personas contemplan la historia y sus manipulaciones: el padre Bartolomeu Guzmán, un espíritu creativo y desasosegado, que concibió ideas adelantadas para la época, como una máquina de volar, y que murió loco, en España, perseguido por la Inquisición por haber tratado de demostrar supuestos que hoy son leyes. Está también José Saramago, vestido a la europea del siglo XX, y Baltasar y Blimunda, dos personajes de ficción extraordinarios, protagonistas de Memorial del convento, dos nombres que empiezan por B y que junto a la B del padre Bartolomeu constituyen la Trinidad Terrenal más aérea jamás soñada.

En la pared de enfrente (2), una pintura de Armanda Passos representa a Juana Carda, personaje de novela pintando con la vara de un olmo una raya en el suelo. Por mágicas y literarias circunstancias éste trazo será el que la Península Ibérica necesitaba para separarse de Europa e ir en busca de su otro yo en América y África, caso insólito que se describe en la novela La balsa de piedra y que también cuenta la pintora caboverdiana Luisa Queirós. Un grabado de Pomar nos muestra el rostro de Blimunda, otro, de Bartolomeu dos Santos, con Pessoa y el Tajo de fondo, es el arranque de El año de la muerte de Ricardo Reis: “Aquí donde el mar acaba y la tierra empieza…” Vemos también un lienzo, tal vez el primero que se pintó sobre un libro de José Saramago, concretamente sobre Levantado del suelo, que Saramago pudo comprar pagándolo a plazos. Muestra como los jornaleros alentejanos acuden, cuando la dictadura de Salazar, a una reunión clandestina que iba a tener lugar en pleno campo, y hasta los pájaros se asombran de tanta valentía y se dicen unos a otros, con la letra de Rogério Ribeiro y el texto de Saramago: “Muy cambiado veo el mundo”. Se estaba preparando la Revolución de Abril. Útiles, que fueron, tal vez, el supuesto del que José Saramago partió para escribir su novela La caverna, un libro donde el hombre trata de defender a él mismo y a sus valores de la manipulación del consumismo sin escrúpulos y, como se ha demostrado, sin posibilidad de sostenimiento.La pared se completa con un grabado de la primera esposa de José Saramago, Ilda Reis, de la que se verán otras obras en la casa. Ilda Reis murió en 1998 dejando un legado bello y armonioso. Tàpies (3), sobre un papel pautado, mezcla música y pintura, pasiones de Saramago; unos proverbios chinos escritos en bambú; los brasileños Oscar Niemeyer, a un lado del arco, y Carybé, al otro (4); la portuguesa Vieira da Silva; un paisaje lisboeta de Castilho; otro David de Almeida; el Risco de Famara lanzaroteño de Ildefonso Aguilar (5), y un arcángel venciendo al demonio de un pintor anónimo del siglo XIX(6) cierra el ciclo en lo que a pintura se refiere. Sobre la mesa (4), un libro abierto, una de las joyas bibliográficas preferidas de Saramago: El Beato de Liébana, una edición facsímil que solía tocar y aspirar como si a la sabiduría o al pasado se pudieran llegar por los sentidos.  Sobre la cornisa que cruza la sala, la colección de jarras que Saramago fue adquiriendo a lo largo de su vida. Son cerámicas populares, de distintos siglos, de distintas zonas, armoniosas, útiles, que fueron, tal vez, el supuesto del que José Saramago partió para escribir su novela La caverna, un libro donde el hombre trata de defender a él mismo y a sus valores de la manipulación del consumismo sin escrúpulos y, como se ha demostrado, sin posibilidad de sostenimiento.

Lo demás que contiene la habitación es la cotidianidad de una casa: recuerdos, libros de poesía en el estante móvil que hay junto al sillón de lectura, el de descanso (6) —en el que tantas horas pasó durante sus últimos meses y donde tantas veces escribió su blog—, los libros que Saramago tenía sobre la mesa cuando le llegó la muerte, la pasión de leer nunca abandonada, de convivir con los suyos, las fotos que son vida, imágenes captadas por cámaras ajenas, el presente, el pasado, estar, haber estado, seguir estando.

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