Ocurrió hace 25 años

Pilar del Río

Hace 25 años, en enero de 1993, José Saramago entró a vivir en su casa de Lanzarote. Todavía quedaban algunos trabajos por acabar, de modo que tenía que amanecer temprano para no entorpecer a carpinteros o pintores y sobre todo para evitar el triste espectáculo de sumar bata y pijama al desconcierto de fin de obras. Con impaciencia de propietario primerizo contaba las horas y las tareas pendientes varias veces al día hasta que a últimos de enero la casa fue oficialmente entregada. En febrero, cuando San Blas, tuvo lugar la primera gran cena: amigos, familia y los trabajadores que habían levantado los muros y puesto el suelo celebraron, en glorioso batiburrillo, el portento de concluir en seis meses una vivienda que fue pensada para ser lugar de retiro y trabajo y acabó siendo, ahora lo sabemos, un centro emisor de ideas y un refugio de personas de todo el mundo. El proyecto Lanzarote era ya, en enero de 1993, una realidad incuestionable, el lugar que José Saramago eligió para volver a nacer, su casa.

El comienzo de la historia

El 24 de abril de 1992 el periodista Torcato Sepulveda telefoneó a José Saramago para pedirle un comentario sobre la presión que el gobierno portugués estaba realizando ante tres instituciones culturales que deberían proponer varios títulos para representar la cultura del país en un premio europeo. José Saramago desconocía el hecho, nunca había oído hablar del premio y atribuyó las supuestas presiones a malentendidos propios de la falta de información, por eso decidió no opinar. Tuvo que hacerlo más tarde, cuando el mismo periodista consiguió reconstruir la historia que acabó siendo un escándalo en Europa. El gobierno de Portugal, así, en bloque , ya que colegiadamente apoyó la decisión del ministerio de cultura, eliminó de la lista de libros presentada por las instituciones culturales una obra de José Saramago porque, alegaban, ofendía a los portugueses y además el autor era comunista. También, en un gesto desesperado de alejarse del papel de inquisidores políticos y de costumbres, intentaron justificar el acto de censura argumentando que el libro estaba mal escrito. El libro en cuestión es “El evangelio según Jesucristo”…

En esta situación a José Saramago no le quedaba más remedio que alejarse de la imagen que el gobierno proyectaba. El lugar no podía ser otro que una isla del sur, balsa de piedra donde llegaran las voces de las personas pero no los ruidos interesados que provoca el poder para aumentar su impunidad. Se alejó del bochorno gubernamental sin presentir el impacto de la decisión.

De la estatua a la piedra

Vivir en Lanzarote, en una casa hecha de libros, según su definición, tuvo importancia en la vida privada de José Saramago, hecho que pertenecería a su estricta intimidad, y fue decisivo para su trabajo como escritor, como reflexionaría más tarde en una conferencia que pronunció en Turín, y que posteriormente fue publicada en portugués y español en el volumen “La estatua y la piedra”. Al ser humano que nada le era ajeno, el paisaje volcánico de Lanzarote no podría pasarle inadvertido, por el contrario, se le introdujo en su sensibilidad y en su forma de escribir provocando una madurez distinta de la que tal vez intuyeran los observadores más sagaces:

 

Con este libro acabó la estatua. A partir del Evangelio según Jesucristo, y esto lo sé ahora, que el tiempo ha transcurrido, empezó otro periodo de mi vida de escritor, en el que he desarrollado en trabajo y nuevos horizontes literarios, disponiendo por lo tanto de elementos de juicio que me dan pie para afirmar con convicción plena que hubo un cambio importante en mi oficio de escribir. No hablo de calidad, hablo de perspectiva. Es como si desde Manual de pintura y caligrafía hasta El Evangelio según Jesucristo, durante catorce años, hubiese estado dedicado a describir una estatua. Y ¿qué es la estatua? La estatua es la superficie de la piedra, el resultado de retirar piedra de la piedra. Describir la estatua, el rostro, el gesto, los ropajes, la figura, es describir el exterior de la piedra, y esa descripción es, metafóricamente, lo que encontramos en las novelas a las que me vengo refiriendo. Hasta que no terminé El Evangelio no me di cuenta de que había estado describiendo estatuas. Tuve que entender el mundo nuevo que se me presentaba al abandonar la superficie de la piedra y pasar a su interior y eso aconteció con Ensayo sobre la ceguera. Comprendí entonces que algo había concluido en mi vida de escritor y que algo diferente estaba comenzando.

Más adelante haría referencia a la austeridad del paisaje de Lanzarote, esa belleza que le retaba como si la tierra estuviera en su primer día y hubiera que darle sentido deteniéndose en ella, más que nombrándola. José Saramago se asomaba a los cráteres de Lanzarote tratando de ver el interior de la piedra. En el silencio de esos espacios ásperos encontraba la palabra precisa que no necesita imágenes para ser y ser rotundamente. La aridez de Lanzarote modeló a José Saramago de tal forma que pudo formular todas las preguntas y escribir libros universales en un espacio que cabe en todos los imaginarios. El destino que acabó siendo Lanzarote le estaba reservado para el momento en que, tras reflexionar sobre los orígenes fundacionales de la civilización occidental en El evangelio según Jesucristo, entendiera que tenía que empezar otra vez. La isla que nunca intuyó, ni siquiera cuando condujo la península ibérica por los mares del sur en A jangada de pedra, le ofreció a José Saramago el marco adecuado para su crecimiento. Ensayo sobre la ceguera fue la primera estación de un recorrido que suma 21 título, hasta Caín o la inconclusa meditación sobre la ética de la responsabilidad que es Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas.

 

La casa contada  

En Lanzarote, José Saramago pudo “contar los días con los dedos y encontrar la mano llena”, como escribió para sus diarios, los Cuadernos de Lanzarote. La casa no era la residencia en la tierra de Pablo Neruda, era la tierra misma, en la que plantó árboles (bien verdad que poco adecuados para el clima) y saltó, el 24 de junio, las hogueras de San Juan en las que ardían ideas viejas mezcladas con proyectos futuros, como manda la tradición por una vez cumplida. En esa casa, en la que siempre sonaba música, había olor a pan tostado por las mañanas y a café que llegaba de Portugal a cualquier hora del día. José Saramago dedicaba las mañanas a la lectura, a la correspondencia, a los prólogos para amigos, a los artículos de prensa que la responsabilidad le imponía y por las tardes se empleaba en sus libros con meticulosidad y empeño, sin romanticismo, con la conciencia de estar haciendo un trabajo del que solo él era responsable y sin embargo le exigía no rebajar un idioma y una cultura. Escribía hasta que llegaba la noche: entonces la casa dejaba de ser trabajo y volvía a ser lugar de encuentro y comunicación, conversaciones en la cocina, amigos y voces que nunca fueron moderadas porque en esa casa se desterró la moderación. Tampoco se cerraban la puertas, que eran barreras contra el viento, no obstáculos para impedir el paso de las personas, tantas y de tantos lugares, que allí dejaron conversaciones, miradas, respeto, cariño, inteligencia y sensibilidad: la que ahora sienten quienes viajan a Lanzarote para visitar la casa y reconocer así al autor que ya conocen por su obra.

Todos los libros

Hace veinticinco años que José Saramago se mudó a Lanzarote. Allí plantó su biblioteca y su forma de mirar el mundo y día fue cosechando desde la honestidad literaria y humana que era su norte. Dejó un patrimonio moral distribuido por los cinco continentes y un sin fin de cómplices, los lectores, que comparten su forma de mirar compasiva y sin barreras, herederos de los mejores sueños. En Lanzarote José Saramago escribió La isla desconocida, el personal viaje del ser humano que no se rinde. El paisaje árido y el mar, la casa blanca de carpintería verde y alfombra de piedra, su mesa de pino rústico que enceraba a veces, los perros callejeros de nombres improbables hicieron de José Saramago un hombre feliz.