«Sentir más a José Saramago» – Reflexiones desde el balcón de su cocina

Escribo sentada en la silla del balcón que sale de la cocina, en la casa de José Saramago en Lanzarote. Es un día de invierno Canario, con viento. “Bella Lanzarote con viento”, como le vengo llamando desde que llegué, hace poco más de 5 días.

Balcón A Casa

Edite Amorim

Lanzarote, la casa de José Saramago. Un lugar adonde quería venir desde hacía mucho tiempo, para conocerle, escucharle y compartir. Ya no pudo ser. Pero vine. Y aquí estoy, en esta silla donde Saramago ya no está pero donde estuvo. Donde yo sí que estoy y me dejo sentir lo que dejó, aún no estando. Y siento que esta silla me esperaba, para que también yo me sentara y compartiera, escribiendo, las sensaciones que algún día hubiera podido compartir, hablando. Estar aquí tiene sentido. Parece ser que, tal como la frase de “El viaje del elefante”, “siempre llegamos al lugar donde nos esperan”. Aquí estoy. Y el olmo me mira cómplice. ¿Me esperaría?

Pensaba hoy, al prepararme para venir, en lo que me movía de forma tan fuerte a volver a esta casa que conocí ayer. Qué tenía de tan magnético este lugar para que yo quisiera venir a sentarme a  escribir, en la casa de quien ya no está. Y parte de la respuesta estaba registrada en la película de Miguel Gonçalves Mendes, “José y Pilar” que reví ayer. Por el deseo que manifestó Saramago a la periodista y su mujer, Pilar del Rio, cuando le preguntó que quería que hiciera a través de la Fundación con su nombre: “Continuarme”, dijo.

Y lo que hago con estas líneas es justo una parte de eso también. Continuarle. A través de mi propia historia, de mi propia visión, añadiendo a lo me inspira de él, lo que me viene inspirando de la vida en sí misma.
Pasear por su casa, por parte de su historia y por una pequeña parte contada de su vida fue una especie de viaje por lo esencial. Un viaje por dentro del sentir más de una persona en concreto. Un paseo por lugares donde los libros comparten visiones y se acarician, un paseo por el tiempo de ver, por el tiempo de estar, por el tiempo de crear.

Sentir al mundo de José Saramago fue, para mí, una forma de conectar con maneras de estar en el mundo, en las que lo que importa es lo que se añade al mundo en sí mismo. ¿Qué es lo que queda, después de que nos vayamos?; ¿Qué diferencia hacemos mientras estamos?; ¿Donde nos sentamos a observar la vida?

Y la confirmación de lo que viene siendo obvio, en cada encuentro de almas por los lugares adonde voy. De que la vida de las personas que consideramos grandes personas, de los autores de las obras que consideramos grandes obras, están también “hechas de la materia de que están hechos los sueños”: la sencillez de las pequeñas cosas. Las comidas alrededor de una mesa de cocina llena de amigos con los que se crean proyectos y se debate la vida al sabor de un buen café; los libros que se saborean desde un sillón con vistas al mar; el viento en la cara y en el pecho sentido desde un paisaje lunar; un beso en Nochevieja; un apretar de manos cómplice con la persona con la que se comparte la vida; un olivo que se ve crecer porque se ha confiado que crecería.

Desde el balcón A Casa

A Casa

Así se hace grande la gente que siente grande. Nutriéndose del aire, de la belleza, de las emociones, de la consciencia. Sencillo como una mirada o como una frase corta que lo dice todo. “Contar los días por los dedos y encontrar la mano llena” – Esta es la frase de la contra portada del volumen de los “Cuadernos de Lanzarote” que me llevé ayer de la tienda de “A Casa”. La misma frase que me salió hoy en los azucaritos del café que se ofrece a quien hace la visita a su casa. Y es la frase con la que termino un texto inspirado en su sentir. Que los días que cuente por los dedos siempre encuentren manos llenas, de dedos largos y preparados para agarrar a la vida. Para que la vida no se vaya por los dedos abiertos, para que siempre sea agarrada con las ganas de ESTAR. Como decía Saramago sobre la muerte – que  esta sería justo la diferencia entre haber estado y ya no estar. Para que mientras estemos, las manos siempre estén. Llenas, abiertas y con la consciencia entera.

Gracias, Saramago, por este espacio de paz y belleza de palabras que queda suelto a un viento que sopla fuerte pero cálido. Sentirte durante estas dos horas en tu balcón ha sido un bonito viaje, de una elefanta pequeña de sentir grande y agradecido.

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